La luz me encandila.
La mirada me irradia es la luz de la vida.
Sacude el pecho quemando las entrañas.
El paso de la vida a veces nos parece cruel otras inciertas.
Por momentos crueles, piensa uno.
Si lo merecía aquel este o a uno mismo.
Y nos caemos, nos pesa el yugo de su mano.
Razonamientos innecesarios, arremeten, nuestro pensamiento.
Situaciones esas duras, que no se entienden.
El dolor, que se mete en el cuerpo y no sabemos como saldrá.
La herida que se aloja libre en el corazón.
Y de allí no quiere salir, ni con el mimo de la propia vida.
Esa que a diario deberíamos.
Agradecer poder tenerla en nosotros.
Abrir los ojos a ella. Cuando nos pega de cerca.
La daga de la oscura señora esa con una guadaña.
Ella que en algún momento se nos quiere pegar cerquita.
Y la rechazamos con fuerza.
Por eso deberíamos agradecer a los Ángeles.
Aun están de nuestro lado cada día, alejando la muerte.
Por dejarnos ganar la batalla, esa dura nos hiela la sangre.
Y hacen escarcha nuestras ilusiones.
Es real, que, si a nosotros acerca su mirada.
Todo lo que deseamos o esperamos.
Se olvida si ella se nos quiere pegar cerquita.
Allí entra la luz divina.
Esa nos dio la hermosa vida.
Algún día y nos hace luchar con uñas.
Y se nos hace brillo, allí la luz.
Nuevamente en la mirada.
Entrando a nuestro cuerpo la paz.
Se queda a nuestro lado el alma.
Hay que bello es sentir la alegría.
Que aun hay esperanza si hay vida.

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